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Ontogénesis y maduración sexoenergética

February 9, 2014

Por Miguel Angel Pichardo Reyes

 

Desde la perspectiva reichiana, la dominación ideológica pasa por la expropiación de la energía biológica que vitaliza al cuerpo, expropiación que será necesario desmontar para comprender las formas naturalizadas y biológicamente encarnadas de dominación ideológica. En este sentido, el análisis y la crítica reichiana viene a dar luz sobre esa dimensión desconocida, y a veces desdeñada por los análisis discursivos, donde lo simbólico y lo imaginario se desarrollan en detrimento de lo real en tanto carne, hueso, hormona y energía. La aportación reichiana pone el acento en los mecanismos de producción del cuerpo y la corporalidad, esto es, desde una perspectiva marxista; de la explotación de la energía corporal para la producción de mercancías.

 

Pero al capital se le añade, como una sombra que la acompaña de forma inseparable, la dominación patriarcal. Por eso, el cuerpo que produce el capital no es sino la forma económica del patriarcado, la cual se fundamenta en la jerarquía, la sumisión, la obediencia, en síntesis, en la dominación de “la mujer”, de “lo femenino”. De esta forma es posible cuestionar las bases materiales de las identidades de género, planteando la jerarquía y la dominación del “hombre” sobre la “mujer”, como el núcleo sobre el cual se erige todo el edificio ideológico del capitalismo-patriarcal.

 

El concepto de sexopolítica hace referencia a una visión crítica de los modos de producción subjetiva de los cuerpos sexuados, inscribiendo dicha producción en las coordenadas de la diferencia sexual entendida como sometimiento, dominio y explotación. La sexopolítica busca desmontar la maquinaria ideológica de producción subjetiva, identificando los mecanismos discursivos que circulan en las prácticas sociales, sean estas privadas o públicas. Dentro de estas prácticas se encuentran los rituales, así como los mandatos reiterativos que refuerzan la aparente consistencia de las identidades colectivas, en este caso, el del binomio hombre/mujer, pero también el de la naturalizada necesidad de consumo.

 

Este desmontaje pasa necesariamente por una crítica racional, esto es, por el análisis de las causas, modos, procesos, dinámicas y medios que utiliza la maquinaria ideológica. Dicho análisis no es sino una forma de posicionarse con respecto al objeto, posición que quiere ser incómoda con respecto al sentido común, pero también se posiciona desde el lado del deseo, de un deseo emancipado de los condicionamientos capitalistas-patriarcales, en la medida de lo posible, pues este deseo lo ubicamos en el nuevo modo de producción. Y como veremos, será el deseo la unidad de análisis, pues será sobre la forma como se desea como la ideología funciona a nivel inconsciente.

 

En este sentido, la maquinaria ideológica de producción subjetiva es sobre todo una máquina de producción de deseos, de deseos inconscientes. Y el primer mecanismo para que funcione un deseo consiste en creer que es su “propio deseo”, y esto es posible solo en función de un olvido. El “deseo propio” funciona porque se ha olvidado la fuente de donde surgió originalmente ese deseo, esto es, de otro. El “deseo propio” no es más que un mandato del Otro, mandato que se in-corpora, y subjetiva biológicamente como modo de ser y estar en el mundo. El “deseo propio” es el elemento que le da consistencia al yo, en tanto estructura psíquica, pero también como identidad: “yo soy”. De acuerdo con esta postura, el más íntimo deseo es una impostura, una imposición, un falso yo, un deseo alienado a los mandatos de la ideología hegemónica, por supuesto, capitalista-patriarcal.

 

El desmontaje sexopolítico pasa por escudriñar los modos como se instalan estas políticas del deseo. De modo biográfico, esto es, en la constitución ontogenética del sujeto, podemos encontrar dos coordenadas clínicas: el desarrollo ontogenético y los modos de frustración de las pulsiones. Veamos como en el marco del desarrollo ontogenético se van incorporando mecanismos y dispositivos psíquicos a partir de la maduración bioenergética de cada segmento anatómico del cuerpo, empezando por la boca y finalizando con los genitales. Esta maduración no será lineal, sino que se encontrará con una serie de obstáculos que el organismo tendrá que sortear, integrando estos avatares a los pormenores biográficos del inconsciente. Es aquí donde nos encontramos con la segunda coordenada, pues dichos pormenores suponen frustraciones de las pulsiones que se activan de acuerdo a la etapa del desarrollo libidinal del cuerpo. Aquí es donde se va formateando el deseo, pues las frustraciones pulsionales no hacen sino determinar los objetos hacia los cuales se dirigen las pulsiones, esto es, se instaura el deseo por el objeto.

 

Este formateo se realiza a través de marcas. La marca es un carácter que se imprime en el cuerpo y se inscribe psíquicamente, de hecho no puede haber inscripción psíquica sin marca corporal. Pues el cuerpo material sentiente es el productor material de la actividad psíquica, o antes bien, el psiquismo se encuentra inscrito en el cuerpo sentiente. No hay mente sin emociones, ni emociones sin cuerpo, y cuerpo sin materia.

 

Las marcas que se imprimen en el cuerpo son producidas por la interacción vincular de la madre con el hijo/a. Esta interacción es asimétrica, pues el niño/a depende biológica y psíquicamente de la madre. La madre a su vez tiene la capacidad de nutrir, proteger y sostener a su cría. A esta dependencia que tiene la cría de su cuidadora le llamamos vínculo o apego, en el entendido de que dicho vínculo es vital, pues sin él la cría moriría. Estas interacciones vinculares van acompañadas de satisfacciones de las necesidades-deseos de la cría, pero también puede haber perturbaciones en dichas satisfacciones, instaurándose la frustración, y con ello la alteración del equilibrio en la interacción asimétrica para satisfacer las necesidades-deseos. Esto es, las marcas son los remanentes de las frustraciones, por lo que el organismo tendrá que llevar a cabo una serie de actos o compensaciones para satisfacer o colmar esa necesidad-deseo.

 

Tenemos aquí las siguientes ecuaciones:

 

n + s = a

 (Apego= necesidad + satisfacción)

 

En esta ecuación el apego se configura por la sumatoria de dos aspectos, primero, la vulnerabilidad de la cría que dirige su demanda a partir de una necesidad-deseo para que su madre-cuidadora satisfaga o colme dicha demanda.

 

n + f = m

 (Marcas= necesidad + frustración)

 

La negativa de llevar a cabo la satisfacción de dicha demanda (necesidad-deseo) supone una frustración.

 

f + c = d

 (Defensa= frustración + compensación)

 

Dicha frustración pone en funcionamiento ciertos mecanismos de defensa, compensación, tanto de sobrevivencia como de autorregulación. Las defensas que surgen de estas compensaciones por frustración, se inscribirán en el cuerpo, generando rutas de carga y descarga, bloqueos, fijaciones y memorias. Estas inscripciones somáticas también tienen representaciones psíquicas, que se integrarán posteriormente como rasgos caracteriales. En todo caso nos encontramos en el nacimiento de la coraza o armadura caracteromuscular.

 

Pero junto a las frustraciones de las satisfacciones de la demanda (necesidad-deseo), también se encuentran las transgresiones. Las transgresiones son intromisiones agresivas y sádicas del otro sobre el organismo, produciendo una excitación excesiva, la cual resulta imposible de metabolizar, constituyendo un núcleo traumático alrededor del cual se realizaran formaciones secundarias desadaptativas y desreguladas.

 

Y finalmente, también tenemos la posibilidad de una gratificación de la demanda (necesidad-deseo) a través de un adecuado espejeo de la cuidadora que facilite la maduración autoregulatoria del organismo subjetivado (proceso de mentalización del cerebro en la relación vincular). Dicha regulación se encontraría en la base de un desarrollo normal, esto es, en el proceso de maduración sexoenergética (biosistema de energético-informativo), superando las etapas vinculares (sin fijaciones patológicas o bloqueos bioenergético-metabólicos).

 

Así tenemos tres posibilidades en cuanto a la maduración orgánica de la sexoenergética (las pulsiones sexuales vinculares): frustración (inhibición-represión), transgresión (excitación traumática) y gratificación (espejeo autorregulatorio). Es a través de estas ecuaciones como la ideología se hace biología (bioideología), y esta se integra como marcador somático, formateando el principio de placer, posponiéndolo a través de la represión que impone el principio ideológico de realidad (capitalista-patriarcal), transgrediéndolo a través de los sistemas educativos sádicos, perversos y sociopáticos, o gratificándolos de forma adecuada de acuerdo a principios de resistencia ético-material contrahegemónicos.

 

El modo de producción del organismo subjetivado (mentalización por bioretroalimentación vincular) constituye un sujeto pre-edípico, acrítico, incapaz de cuestionar, atado a las demandas pulsionales introyectadas de sus primeras relaciones objetales, no maduradas por frustraciones y trasgresiones vinculares. Aquí tenemos la producción en masa de sujetos sumisos, sádicos, antisociales, consumistas, expresión de la pulsión de muerte producida por el sistema hegemónico de dominación.

 

En el modo hegemónico de producción la ontogénesis es el lugar donde se inscriben las demandas sociales sobre el prototipo de sujeto que prescribe el capitalismo-consumista. Este plantea un grave problema para la Sexoenergética, pues las fijaciones sexoenergéticas por frustración o transgresión, supone la inmadurez caracterológica de los sujetos, aspecto que Wilhelm Reich asociaba con una capa o segmento fascista: degenerado, pernicioso, transgresivo, perverso, sádico. Realidad apuntada por Sigmund Freud como un más allá del placer: pulsión de muerte. La diferencia es que para W. Reich esta pulsión de muerte no es un dato de la naturaleza humana, sino una producción sociopolítica de la economía sexual de las sociedades capitalistas-patriarcales. Por esta razón, la Sexoenergética u Orgonomía reichiana se plantea la curación como una acción revolucionaria contra la pulsión de muerte socialmente construida. Emancipación del fascismo, el masoquismo, el sadismo, la violencia, el abuso, la violación, la sumisión, el malestar secundario de la cultura sobre el desvalimiento orgánico del sujeto.

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