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Paradigmas antropológicos del sistema sexo/género

February 9, 2014

 

Por Miguel Angel Pichardo Reyes

 

 

La herencia judeo-cristiana en occidente ha marcado sobremanera el tinte sexual conservador y represivo. Esta herencia se vio cristalizada en un modelo o paradigma en torno al cuerpo sexuado, o en todo caso, al cuerpo y el sexo. Ahora bien, este paradigma antropológico no es homogéneo, aunque podemos advertir un eje unificador que apunta hacia formas paradójicas de desprecio del cuerpo sexuado, ya sea que hablemos de negación, ya sea que mencionemos las formas de exaltación cosificada de la mercancía cuerpo/sexo. Cualquiera de estas visiones abrevan de una amalgama de fuentes judías, cristianas y griegas, así como de lecturas revisionistas que datan de los Padres de la Iglesia, hasta los Doctores medievales. Nos referimos a los Pitagóricos, Platon, el Estoicismo, San Pablo, San Agustín, Santo Tomás, y más recientemente, a la Madre Teresa de Calcuta.

 

Sera preciso distinguir de esta amalgama las principales expresiones de este paradigma antropológico judeo-cristiano del cuerpo sexuado. Proponemos cuatro paradigmas antropológicos del cuerpo sexuado, los cuales nos ayudaran a distinguir los discursos y prácticas que subyacen o proponen dichos paradigmas. Esta labor analítica y crítica es propia de la Sexopolítica, pues intenta desmantelar la ideología de la moral sexual imperante, identificando su arqueología y los intereses culturales, políticos, ideológicos y económicos que le subyacen.

 

Estos cuatro paradigmas antropológicos del cuerpo sexuado son: 1) la antropología despreciativa, 2) la antropología ansiosa, 3) la antropología indiferente, y 3) la antropología vitalista. Los tres primeros paradigmas son la amalgama judeo-cristiana de la moral sexual hegemónica, y el tercer paradigma es una propuesta de construcción ético-política con respecto al cuerpo sexuado y el erotismo desde una visión Sexopolítica y Sexoenergética.

 

La antropología despreciativa del cuerpo sexuado. Este modelo del cuerpo sexuado lo podemos describir como un odio hacia el cuerpo. No es de extrañar que esta visión haya sido compatible con las morales sexuales hegemónicas patriarcales, pues en la ecuación que asimila cuerpo/sexo=mujer/pecado, esta visión trae consigo una misoginia que declara la guerra al cuerpo mujer. Desprecio que será instigado por filósofos, teólogos, juristas, y que se impondrá como un modo de sometimiento naturalizado. Muchas de las luchas y reivindicaciones feministas identifican a este paradigma antropológico como su enemigo ideológico.

 

Tenemos aquí varios elementos a tener en cuenta. El cuerpo como separado de la mente o el alma. Una visión moral positiva del alma y una visión moral negativa del cuerpo. El cuerpo equiparado a la materia, lo terrenal, lo mundano, a la mujer, el pecado y finalmente el diablo. La necesidad de separarse del cuerpo, pues este es la jaula del alma. El cuerpo se vuelve irrefrenable debido a las pasiones, la cual es una enfermedad que lleva a la perdición del placer y el sexo. De aquí que el cuerpo tiene que ser dominado, sometido y disciplinado a través de diferentes formas de tortura, odio y desprecio hacia el cuerpo. Este odio produce una disociación de la personalidad, el cuerpo se ve como algo ajeno, lejano, inhabitable y peligroso. El peligro es ser poseído por el cuerpo, esto es, ser poseído por las pasiones, el amor, la felicidad, pero también el enojo, la cólera, la sensualidad y el erotismo, así que aquí tenemos al diablo como una metáfora del cuerpo, o antes bien, el diablo como la metáfora del cuerpo sexuado femenino.

 

Las tecnologías religiosas han diseñado complejos mecanismos y dispositivos de odio: el cinturón de castidad, el ritual del exorcismo, la demonología, el fenómeno de la posesión, la caza de brujas, la abstinencia sexual, el voto de castidad y obediencia, la flagelación, la expiación de los pecados, la confesión, la penitencia, el retiro espiritual, el refreno de los sentidos, la abstención de contacto con hemorroisas, la exclusividad del coito con fines reproductivos, el control mental de los deseos sexuales, la represión de los propios deseos sexuales, la condena de la masturbación, los mitos sexuales, el odio hacia la diferencia sexual, la condena de los derecho sexuales, el mito de la virginidad, el abuso sexual como forma de sometimiento, la violación sexual como forma de odio y desprecios del cuerpo sexuado femenino, la criminalización del aborto, entre otros.

 

 

La antropología ansiosa del cuerpo sexuado. Este paradigma antropológico comparte las bases filosóficas y teológicas de la antropología despreciativa: idealismo, pitagorismo, platonismo, dualismo, estoicismo, agustianismo, tomismo, entre otras. Partiendo de la separación dualista de cuerpo y el alma, nos encontramos aquí con una paradoja, pues este paradigma matiza el desprecio al cuerpo, y separa al cuerpo de la sexualidad, esto es, hace una subdivisión. Primero se encuentra la separación cuerpo/alma, y después realiza la separación cuerpo/sexo. De esta forma podemos encontrarnos cuerpos sin sexo, vínculos corporales desexualizados. Es así como el cuerpo será puro siempre y cuando se encuentre virgen, pues la sexualidad es catalogada de sucia, cochina, pecaminosa, perniciosa. Esta situación de suciedad sexual puede tener remedio a través de ritos de purificación, contratos, acuerdos, regímenes, prácticas, etc. El cuerpo debe ser limpiado de toda mancha de pecado sexual, pues el cuerpo es divino, es un templo, el cuerpo es digno, y la sexualidad y el sexo son pecado. Así que el cuerpo es admitido a la santidad y a la pureza solo si se ve mutilado y separado de la sexualidad. He aquí la paradoja del “cuerpo si, sexo no”, instalándose así la prohibición del sexo.

 

La fuente fundamental del paradigma ansioso del cuerpo sexuado consiste en que es imposible separar al cuerpo del sexo, antes bien, para llevar a cabo esta operación supondrá para el sujeto llevar un régimen de autocontrol y autoprohibición. Peor aún, el acceso al cuerpo es el acceso al sexo, así que la prohibición del sexo supone la instalación de su deseo. Y de aquí surge aquel apotegma de que lo prohibido es mas deseable. La proximidad prohibida del sexo en el propio cuerpo genera precisamente ese estado de ansiedad. La cosa sexual es tan próxima al cuerpo porque le es propio, que esto supone a la vez una amenaza y un deseo irrefrenable e ineludible.

 

Veamos como el dualismo cuerpo-alma, lleva al dualismo cuerpo-sexo, y más aún, al dualismo amor-placer. Así tenemos que el cuerpo es asexuado, objeto de un amor filial, desinteresado, como el que puede tener una madre sobre su hijo, como el amor puro, el amor inmaculado. La cuestión de este amor desexualizado es que cuando tiene que ser corporal, este tiende a espiritualizarse, desencarnándolo, haciéndolo abstracto, idealista, angelical. Se trata de un amor castrador, un amor que mutila lo sexual, el sexo, lo erótico, y sin embargo no puede huir de el, solo puede resignificarlo, sublimarlo, lo cual supone otra forma idealizada y metafísica de mutilación.

 

No se trata de otro amor castrante que el caritas cristiano, el amor filial desexualizado, un amor sin eros. Se trata del amor al prójimo, pero a un prójimo castrado, neutralizado en su sexualidad-genitalidad amenazante, sea la vulva o el pene. El amor cristiano es un amor del sacrificio, de la entrega, del perder la vida, y solo así es posible, a través del martirio, alcanzar la felicidad. Por eso el amor cristiano es un amor que sufre, un amor martirizante, diametralmente opuesto al eros, al placer, amor que no puede ser placentero, pues el placer es carnal, sensual, por lo tanto, corporal y sexual.

 

Observamos como el amor es una forma ideológica de neutralizar el placer erótico, planteando una polaridad: amor sin placer erótico, y placer erótico sin amor. Como veremos después, sostenemos esta visión, pues afirmar un placer erótico con amor sería afirmar este tipo de amor martirizante, los cual nos llevaría a un tipo de violencia erótica, característica polarizada y perversa de la sexualidad ansiosa. Otra versión del amor es el denominado amor romántico, subtipo del amor caritativo, pues lo romántico del amor elude la sexualidad y el placer, o se antepone como un preámbulo al placer erótico. El romanticismo es una forma de aplazar el placer erótico, y se encontrara un cierto goce en el aplazamiento. El romanticismo en la forma cultural de la represión sexual, y sin embargo, paradójicamente es una forma de acceso al placer erótico. Sin embargo, dicho acceso supone un precio: la culpa. En el amor romántico el acceso al placer erótico es a través de la culpa, y esto trastoca el propio placer, alterándolo, trasgrediéndolo, pervirtiéndolo, pues ya no se trata de placer, sino de un acto desesperado, diríamos ansiógeno de acceder al erotismo: erotismo sin placer, extraña combinación.

 

La antropología indiferente del cuerpo sexuado. Mientras que en la antropología despreciativa opera el odio, y en la antropología ansiosa opera la culpa, tenemos que en la antropología indiferente opera la negación. Al igual que las otras dos antropologías, ésta también comparte los mismos orígenes, abreva de las mismas fuentes, aunque también presenta sus propias peculiaridades y matices. En este modelo antropológico el cuerpo sexuado simplemente es negado, pasado por alto, olvidado, desatendido, minimizado, o simplemente ignorado. El cuerpo no es más una amenaza porque se le niega en su presencia. Esta negación no es más que una forma de disociación traumática. El cuerpo sexuado, mucho antes de ser ignorado, fue un campo de batalla, un espacio traumático, lugar de violaciones, de maltratos, formas grotescas de tortura y martirio. El cuerpo tuvo que ser acallado, el cuerpo es pues una víctima que necesita ser enviada al olvido, desconectado de su vasos comunicantes con respecto a la sensopercepción, pues es el dolor el que ocupa la experiencia corporal.

 

El cuerpo negado es el cuerpo traumatizado. En todo caso, frente al trauma, es el miedo el principal operador en este paradigma antropológico. Miedo al cuerpo, al contacto, a las emociones, al placer, al dolor, a la vinculación, a la agresión. El miedo al cuerpo es el miedo a la existencia material, física, sentiente. ¿Dónde habita quién teme al cuerpo? En las fantasías, en el idealismo perfeccionista de la metafísica y la espiritualidad. En el trance de la oración y de la robotización. En la sedación de la adicción, en la pasividad apática, en la alienación. Aquí hablamos de un cuerpo muerto, disociado y sin sensaciones. En esta antropología la cárcel no es el cuerpo, la cárcel es la fantasía espiritualista y desencarnada. Esclavos de las adicciones sedantes y alienantes: comida, consumo, distracción, idiotización.

 

 

 

La antropología vitalista del cuerpo sexuado. Contrario a los dualismos que soportan los paradigmas antropológicos anteriores, el modelo vitalista se sustenta en una visión monista, materialista y hedonista del cuerpo sexuado. La visión monista plantea a unidad de la existencia del ser humano, esto es, no existe el cuerpo, el alma y el espíritu. La visión monista plantea que somos cuerpo; material, sentiente, pensante, actuante, trascendente, evolutivo. Sin embargo el cuerpo no se reduce a los átomos, células, tejidos y órganos, sino que se trata de biosistemas complejos que interactúan entre si y que producen la emergencia de la experiencia subjetiva que llamamos mente o actividad psíquica.

 

En esta visión monista se plantea el materialismo como la afirmación de la existencia material y corpórea, física y sentiente de organismo viviente, sin intervención de entidades matefísicas, incorpóreas, idealistas, espirituales o divinas. Afirma la existencia material como la única existencia, en este caso lo psíquico o actividad psíquica forma parte de la compleja rede de interacciones del Sistema Nervioso Central del organismo viviente. Esto es, la actividad psíquica es explicable en términos de interacción de los biosistemas del organismo humano, y no como una entidad eterna, etérea, inmortal o divina.

 

El hedonismo plantea que la orientación fundamental del organismo viviente es la búsqueda de placer. Este placer es una experiencia vital, esto es, sin esta experiencia se restringe la vida. El placer es el principio vital, es una experiencia que dinamiza e intensifica la vida, pero que también la orienta en su proceso de desarrollo ontogenético y de evolución filogenética.

 

Para el paradigma vitalista del cuerpo sexuado el placer sexual no solo es una experiencia positiva, sino necesaria desde el punto de vista del desarrollo, y aun más, ineludible, por lo que el placer sexual se integra como un criterio ético del autocuidado y la autoestima. Para este paradigma el cuerpo es fuente de experiencias placenteras a las cuales se puede acceder a través de la estimulación sensorial y de la actividad psíquica, por lo que el placer puede ser desde una caricia autoerótica, hasta la contemplación estética de una canción o una puesta de sol. La afirmación del cuerpo y del placer supone otros criterios éticos, otra concepción de la experiencia de la realidad, la cual se descentra de cualquier espiritualismo o idealismo, pues estos llevan consigo las semillas del dualismo, productor de sufrimiento, culpa, irracionalidad, desprecio, etc.

 

El vitalismo del cuerpo sexuado supone dos cosas: la emancipación del dualismo y sus estrategias espirituales de dominación, y la afirmación de las luchas por la reivindicación de los derechos humanos, incluyendo los derechos sexuales y reproductivos. El vitalismo es pues una forma de desmontar y desmitificar la irracionalidad de los paradigmas que niegan el cuerpo, el placer y la vida, pero también es una forma de militancia a favor de la vida humana concreta, orgánica, física, material, subjetiva y sexuada.

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