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Psicotraumatogénesis: nuestro olvidado origen traumático

February 10, 2014

Por Miguel Angel Pichardo Reyes

 

El origen de nuestro mal-estar

 

No somos quienes creemos que somos. Existe un origen olvidado que marca un antes y un después, se trata de un trauma, una herida que nos es penosa, sino es que amenazante, poder recordar y enfrentar. Aquí se ciñe el fantasma traumático de un crimen infantil que soporta toda nuestra estructura biográfica, esto es, sobre este olvido se erigirá una historia que busca ocultar, desviar o degenerar ese acontecimiento que inaugura nuestra endeble subjetividad.

 

Resulta que tenemos un origen traumático, y este origen es constitutivo a todo animal humano, pues nadie se salva. El trauma originario es el boleto de acceso a la humanidad. Somos, pues, animales heridos. Esta visión no es pesimista ni condenadora, es sobre todo una visión que reivindica la vulnerabilidad constitucional del ser humano, sospechando de todo intento de cubrir o distorsionar dicha vulnerabilidad con posiciones totalitarias, violentas, irracionales o místicas. Retornar a nuestro origen traumático será una labor de despojo que emprenda el sujeto en un proceso de desidentificación, podríamos decir, de desconocimiento. Aquí podríamos diferenciar entre la disociación terapéutica (desidentificación), de la disociación traumática (postura esquizoide). Pues la disociación traumática permite separarnos de la realidad para acceder al registro simbólico de la identidad, esto es, diría Levinas, de la Mismidad. Esta Mismidad, lo idéntico a sí mismo, es una ilusión, un complejo que se levanta en pos de ocultar aquello que llamaba Lacan, el mal-estar, o la falta-en-el-ser: falta, hiancia, abismo, que coloca al sujeto en un posición de angustia, origen de sus desequilibrios energéticos, inauguración de la neurosis, de lo que Reich llamaba la segunda naturaleza.

 

La labor terapéutica, por lo menos la crítica y emancipadora, busca precisamente enfrentar al sujeto con su propia verdad traumática reprimida. Dicho encuentro supondrá una dosis de violencia, una sacudida a las bases que soportan la mitología de la identidad, abriendo una brecha por la cual se escabulle el fantasma de la falta, el vacío y el sin-sentido. Condición de posibilidad de la sublimación, la creación y la poesía, pues ahí donde termina la psicología, inician estas.

 

Pero esta falta básica que genera cierto mal-estar (mal-del-ser) en el sujeto, se configurará como una matriz sobre la cual se incrustarán posteriores traumas, formándose una red o estructura, la cual buscará defender el sujeto a toda costa, a menos que falle en su intento y colapse en un estado psicótico, disociación terciaria que supondría un mal-del-ser radical, anulación de sus potencias y facultades, reducido a realidad in-separada, indiferenciada.

 

La Psicotraumatogénesis trata de este pasado arqueológico olvidado, reprimido o rechazado. Promete dar cuenta del origen traumático del mal-estar del sujeto, descubriéndolo como una Mismidad impostora que busca taponear esa verdad traumática: su mal-del-ser. De esta forma la Psicotraumatogénesis es también un método de exploración de las profundidades inconscientes de los orígenes del sujeto, origen referido a su primera naturaleza, aquella que Reich identificaba con el dominio de lo somático, esto es, del organismo: células, tejidos, sistemas, aparatos. Refiere un origen orgánico, materialista y sentiente. Sobre esta materialidad se irá abriendo el campo psíquico, precisamente a partir de un corte traumático, posibilitador de la entrada al circuito simbólico, o para decirlo de otra forma, atravesamiento de lo simbólico sobre lo real energético del organismo viviente.

 

El biotrauma: cuando los conflictos se congelan

 

Todo trauma psicológico supone una alteración biofísica del organismo. Los traumas históricos se hacen biología en el cuerpo. Es un excedente de energía biológica encriptado en el organismo subjetivado. De esta forma podemos ir superando aquella dicotomía entre los traumas psíquicos y los traumas físicos. La lesión física tendrá una representación psíquica, y esto conlleva efectos en el cuerpo y la subjetividad. La lesión psíquica puede redundar, por sostenimiento y resistencia psicofísica, en una lesión orgánica. Para esto es prudente integrar dos conceptos fundamentales: organismo y subjetividad. Es, en lo que podríamos denominar el organismo subjetivado donde se configura el trauma psicosomático, o mejor dicho, el biotrauma.

 

El organismo subjetivado es el sujeto donde se inscribe el biotrauma. Sujeto que supone una realidad material incuestionable; la presencia real de la materialidad del cuerpo. Realidad originaria, biológica, sentiente, vital, sobre la cual, y a partir de la cual se producirá el acontecimiento de la emergencia psíquica, esto es, el momento constituyente, filogenética y ontogenéticamente hablando, donde la materia adquiere consciencia de existir. Separación de la materia sentiente de su realidad, asunción de una conciencia donde el lenguaje logra escindir, separar y diferenciar la uno del cuerpo con respecto a la totalidad de la realidad.

 

La asunción de la conciencia de la materia sentiente del cuerpo corresponde al nacimiento del sujeto, el cual deviene sujeto a partir del lenguaje, de la diferenciación entre la representación psíquica y la cosa en sí. Esto es, la realidad, en el proceso de separación del organismo subjetivado a partir del lenguaje, logra señalar y nombrar la realidad, configurándose a partir del lenguaje social una construcción psíquica, un aparato de representaciones simbólicas que se articulan en una serie de signos productores de sentido.

 

El organismo subjetivado es pues una materialidad escindida por el lenguaje que adquiere la capacidad de tener conciencia de si mismo, diferenciando un yo psíquico de una realidad externa, a la cual pertenece pero de la cual se separa. Sin embargo, la emergencia psíquica en el organismo tiene un mismo denominador común, esto es, la separación psíquica con respecto a la realidad y al propio organismo, se encuentra organizada por una misma realidad biológica denominada energía organísmica. Tanto la realidad orgánica del cuerpo material y sentiente, como la realidad psíquica de las representaciones objetales y el lenguaje, son expresiones de esta energía organísmica.

 

El aparato psíquico tiene como fundamento y fuente de producción la energía biológica del organismo. Es así como psique y soma se encuentran atravesados por la energía biológica, y son dos manifestaciones de una misma energía. Esta unión funcional entre psique y soma por la bioenergía, no supone una misma ley para estos dos ámbitos, sino que cada campo tendrá su propia lógicas y sus propias leyes, y estas a su vez se encuentran sistémicamente vinculadas, no solo como influencia, sino como transacción y mutua dependencia. Proponemos una visión dualista y autónoma, aunque interdependiente, entre el campo psíquico y el campo somático, pero a su vez sostenemos una visión monista en tanto que estos dos campos son expresiones de una misma energía biológica.

 

El biotrauma, alterando la energía biológica del organismo subjetivado, se circunscribirá de distinta forma en el campo somático-neurovegetativo que en el campo psíquico. El biotrauma en su expresión somática estará circunscrita al funcionamiento fisiológico del sistema nervioso, mientras que la expresión psíquica del biotrauma se configurara en el campo de las representaciones psíquica, en su dinámica, estructura y economía. Las transacciones entre un campo y otro son continuas e interdependientes, aunque respetando los linderos de uno y otro.

 

Cabe decir que el sujeto de la bioenergética reichiana no es el mismo que el sujeto del psicoanálisis, y que el cuerpo de que trata tampoco es el cuerpo de la medicina. Mientras que el sujeto del psicoanálisis es un sujeto del inconsciente, del lenguaje y del significante, el sujeto de la bioenergética reichiana es un sujeto del inconsciente neurovegetativo, del lenguaje anudado a la energía biológica, y del significante arraigado en el organismo. Y por otro lado tampoco es el organismo bioquímico, anatómico y fisiológico de la medicina, sino que la bioenergética reichiana propone un cuerpo deseante, organismo subjetivado, órganos atravesados por la palabra, envuelto por la libido.

 

La constitución del organismo subjetivado es precedido por la realidad biológica de un cuerpo material en desarrollo y crecimiento, desarrollo donde se inscribirá la subjetividad a partir de los vínculos primarios del cachorro humano con su madre. Es en esta etapa, desde la vida intrauterina hasta el nacimiento y los dos primeros años, donde se inscribirán las improntas energética de los vínculos en el sistema nervioso, produciéndose así un inconsciente neurovegetativo, plataforma sobre la cual se inscribirá el sujeto que es evocado por el lenguaje del otro, introduciéndolo al circuito simbólico de significados y representaciones, dividiendo al sujeto del organismo, pero asumiéndolo desde el lenguaje. De esta forma el sujeto entra en conflicto con su organismo, lo cual devendrá en la producción de un aparato psíquico que traducirá las improntas neurovegetativas en representaciones psíquicas inconscientes, asignando un significante a cada impronta. Este conflicto se presenta como uno de los principales biotraumas, pues la subjetivación del organismo supone una entrada violenta al circuito simbólico.

 

El biotrauma es la alteración de la economía bioenergética del organismo subjetivado, que se ve interrumpida por la disrupción de un acontecimiento externo que amenaza la sobrevivencia del organismo y que éste no cuenta con la capacidad de contener, viéndose desbordado en sus mecanismo de defensa, sobreviniendo la parálisis, la sobrecarga energética y la impotencia. Es así que el biotrauma se caracteriza por un centro o núcleo con un excedente bioenergético no descargable que altera el funcionamiento fisiológico y la dinámica psíquica del organismo subjetivado.

 

Para comprender el biotrauma tendremos que profundizar en su núcleo biológico y en su inscripción psíquica. Para comprender esto proponemos aproximarnos desde una perspectiva económica a conflictivo campo del trauma. La visión económica trata sobre el monto de energía y la forma cómo esta es administrada e invertida por el organismo. Un principio económico del organismo subjetivado consiste en mantener un flujo óptimo de energía que le permita lograr objetivos a un bajo nivel energético. El organismo tiene sus formas de autorregulación que le permite mantener una homeostasis. En cuanto esta homeostasis se ve alterada el organismo dispone de una serie de complejos dispositivos que recorren rutas que les permite compensar esas alteraciones. En este sentido el organismo siempre se encuentra en movimiento, ya sea por estímulos externos o por los mismos procesos internos, como en el caso de la necesidad y el deseo.

 

Los tres lentes de la Psicotraumatogénesis

 

La psicotraumatología es una especialidad de las ciencias de la salud mental muy reciente, pues es hasta la etapa de la posguerra que la problemática del trauma empieza a tener una identidad nosográfica propia dentro de la psiquiatría. En la actualidad la psicotraumatología ha devenido en una variedad sana e importante de técnicas y dispositivos para tratar los traumas, y algunos de ellos, especialmente las perspectivas psicodinámicas, apuntalan la relevancia de los conflictos infantiles o subtraumas de desarrollo en la configuración actual de los traumas, la ansiedad y la angustia.

 

La deconstrucción psicocorporal de las heridas afectivas pasa por tres aproximaciones o lentes: la aproximación genealógica, la aproximación arqueológica y la aproximación antropológica. La psicogenealogía traumática explora los traumas heredados transgeneracionalmente a través de los vínculos familiares, en aquello que se ha denominado como el co-inconsciente familiar. Se trata de un trabajo de exploración desde el sujeto sobre aquellos determinantes inconscientes que han prefijado algún sentido no elaborado de los conflictos o duelos inconclusos. La psicogenealogía busca descubrir y comprender el porqué y el cómo de los traumas psicosociales, pues se entiende que el sujeto se constituye dentro de un campo simbólico. Desde la clínica psicocorporal es posible descifrar los traumas genealógicos incrustados en la corporalidad del sujeto, pues a partir de los patrones de alteración somática se identifican los bloqueos caracterológicos que surgen de esas heridas. De aquí la importancia de esta perspectiva psicogenealógica en el trabajo psicocorporal.

 

El enfoque arqueológico excava sobre la infancia y desarrollo del sujeto, pues es allí donde se constituyen los primeros registros somáticos presimbólicos que marcan los vínculos de apego con los imagos maternos y paternos. Descifrar esos códigos corporales en los sustratos de la historia individual es un recurso valioso para desentrañar los códigos que configuran los complejos neuróticos, muchos de ellos traumáticos y que tienden a generar patrones de pensamiento, afectivos, comportamentales y vinculares que repiten esos conflictos psíquicos y somáticos no resueltos. Aquí entra el desciframiento anamnético, pues tanto en el cuerpo presimbólico del registro somático, como en el registro consciente de la memoria, es posible reconstruir y elaborar aquello no dicho, ocultado, velado o prohibido.

 

Finalmente, el tercer enfoque de este trabajo de deconstrucción psicocorporal de las heridas le toca a la perspectiva antropológica, pues es aquella donde en la materialidad corporal del sujeto, así como en sus actitudes y gestos es posible descifrar los subtraumas y heridas subyacentes al carácter y la personalidad. Es aquí donde se realiza una cartografía caracterológica del cuerpo-mente, pues a través de ella es posible identificar y aislar aquellos elementos que componen un complejo caracterológico dominado por alguna herida afectiva, dentro de las que cabe resaltar las heridas de rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia, produciéndose así una constelación de rasgos caracteriales y de personalidad.

 

La deconstrucción es primeramente un trabajo de desciframiento de los códigos corporales encriptados con los que se enmascaran los traumas y las heridas, pero ese desciframiento ya es en sí un trabajo terapéutico, aunque no lo es todo, pues este desciframiento posibilita la operación de un dispositivo psicocorporal de deconstrucción terapéutica, me refiero a la metabolización psicocorporal, conformada por un trabajo de desbloqueo, liberación e integración. Este trabajo es susceptible de realizarse a través de la técnica de la Ensoñación Corporal (Dreambody), pues a través de ella es posible nombrar lo innombrable, así como expiar y exorcizar los fantasmas inconscientes que acechan al sujeto.

 

La fuente traumática de las alteraciones emocionales

 

Cuando hablamos de ira, tristeza, ansiedad y miedo, también hablamos de las fuentes inconscientes de donde emanan estas emociones tóxicas. La mayoría de las personas que experimentan de forma desproporcionada estas emociones ignoran la fuente de donde emergen, identificando únicamente el disparador inmediato y contextual que las provoca: esposa, hijos, jefe, situación económica, padre, madre, deudas, etc. Esto los lleva a culpar o a responsabilizar a los otros sobre la intensa experiencia emocional que sienten en su cuerpo. En todo caso, esta visión amenazante del mundo (“los otros me hacen” o “los otros me provocan”) lleva a las personas a una situación compleja y conflictiva, pues si asumiéramos esta valoración al pie de la letra nos llevaría a considerar que todo el mundo esta mal, y que son ellos y ellas, “los otros que me provocan y me hacen” los que tienen que cambiar. Situación harto difícil y frustrante.

 

En cierto momento le preguntaba a una paciente, después de varios intentos fallidos, sobre cual era la mejor forma de ayudarla. Ella me contesto que en el momento en que su hermana cambiara dejando de llamar la atención, que cuando su padre dejara de ser violento, y que su madre asumiera su papel de madre, entonces ella podría cambiar. Este ejemplo nos puede ayudar a entender un poco esta dinámica, donde la persona percibe que los males de su vida están allá afuera, y que es necesario que los demás cambien para uno estar mejor. Es común que esta visión frustre profundamente a la persona, pues desea realizar cambios ahí donde no tiene control de ellos, ante lo cual se empeña en controlar, chantajear y manipular, acciones desesperadas de su impotencia.

 

Por lo general este tipo de pensamientos los condenan a la frustración, activándose nuevamente la tristeza, la ira, la ansiedad y el miedo, y esto confirma la “profecía que se autocumple”: ellos están mal y nunca van a cambiar, entonces, yo no puedo estar bien. A esta lógica le llamamos perder-perder, pues mientras se mantiene una perspectiva negativa sobre los otros, esto justifica la frustración y pasividad de quién juzga. Esto responde a un estilo de afrontamiento donde el problema o conflicto se evalúa como pérdida, y no como oportunidad. Esta visión conlleva toda una serie de consecuencias que demeritarán las relaciones de la persona, limitándola y empobreciéndola.

 

¿Cómo salir de este enredo? En la experiencia del trabajo en bioenergética reichiana para la curación de traumas y heridas, hacemos un especial énfasis en ir más allá de los disparadores inmediatos a quienes se les responsabiliza de sus reacciones emocionales impulsivas. Esto nos permite cuestionarnos sobre el origen, o si se quiere, la fuente de donde emana o de donde se alimentan bioenergéticamente estas emociones tóxicas. Nos referimos a las heridas que dejan los traumas y los subtraumas a lo largo de nuestra vida y en nuestras líneas genealógicas familiares.

 

La hipótesis que manejamos consiste en plantear el origen traumático de las alteraciones emocionales (traumatogénesis), y dentro de las alteraciones emocionales podemos encontrar estados de desbordamiento emocional, estados de represión emocional, así como de negación o disociación emocional. Ya sea una ira desbordada, el desplazamiento de la energía emocional hacia un órgano, la disociación del yo con el cuerpo, las alteraciones emocionales son sobre todo alteraciones bioenergéticas. Un aspecto grave de estas alteraciones se presenta en lo que denominamos la inestabilidad emocional, un estado donde se alternan fuertes reacciones emocionales impulsivas, estados disociativos y trastornos del estado de ánimo.

 

La relación entre alteración emocional y trauma nos plantea varias posibilidades. El trauma es un acontecimiento externo de tal fuerza que irrumpe el estado de equilibrio, imposibilitando al organismo integrar y asimilar la fuerte cantidad de energía. En el momento del impacto traumático el organismo vive un shock energético que no solo desestabiliza, sino que puede llegar a romper o colapsar las defensas y capacidades de contención energética del organismo. El cuerpo tardara mucho tiempo en asimilar e integrar el exceso de energía impactada. Mientras tanto el organismo generará sus propios mecanismos de defensa, buscando establecer poco a poco un nuevo equilibrio dentro del desequilibrio. Este nuevo equilibrio se da en el campo de fuerzas físicas, bioquímicas y psíquicas, lo cual supone realizar compensaciones, erigir defensas permanentes, re direccionar la energía, desplazar o condensar, formar síntomas, evitar situaciones, olvidar el contenido, inhibir o hiper excitar.

 

El cuerpo traumatizado se convierte poco a poco en una fortaleza que se acoraza contra el enemigo, levantando murallas y disponiendo defensas que le permitan sobrevivir y adaptarse. Así el cuerpo traumatizado se transforma en un cuerpo dividido, fragmentado, colapsado, o por lo menos, vulnerado. La relación entre trauma, cuerpo, energía y emoción se da de la siguiente forma. El trauma es un exceso de fuerza energética que impacta al cuerpo del organismo, dicho organismo es conmovido, produciendo una reacción de defensa, huida o parálisis, movilizando energía de sobrevivencia, la cual supone el movimiento de órgano, y esto es una emoción, un movimiento de órgano por resonancia energética. La respuesta intensa del organismo será integrada a la memoria corporal y energética, dejando una huella psíquica que podrá ser actualizada consciente o inconscientemente, pero que por su fuerza no tramitada irrumpirá nuevamente ante circunstancias similares a la que le dieron origen, olvidando su fuente o simplemente sintiendo extrañeza frente a esa reacción emocional.

 

Mientras que el trauma se circunscribe a un solo evento externo que amenaza la vida, seguridad o estabilidad del organismo, y que debido a su vulnerabilidad le es imposible defenderse, contener, absorber y tramitar ese excedente energético, también se presentan los subtraumas, los cuales no son repentinos, sino sistemáticos a lo largo del tiempo, más bien silenciosos y naturalizados, y que se configuran en la relación madre-hijo(a)-padre. La exposición continua al vínculo materno y paterno, será el origen de dichos subtraumas, que son de menos intensidad, pero que la constancia de dicha exposición energética-vincular supondrá descompensaciones mórbidas a nivel clínico y dentro de la estructura del carácter y de la personalidad.

 

La emoción es la resonancia energética de órgano, y si esta resonancia energética se encuentra alterada por un trauma o subtrauma, la expresión energética de órgano (emoción) resonará de acuerdo a esta alteración. Mientras que en el caso del trauma la alteración se da por un excedente energético no tramitable, en los subtraumas se puede dar por dos vías; por excesos y por carencias. Los subtraumas no sólo son acontecimiento externos, sino “situaciones” constantes que van configurando la subjetividad, literalmente los vínculos subtraumáticos se van in-corporando, van tomando forma física en el cuerpo.

 

Una de las labores del psicoterapeuta corporal bioenergético-reichiano consiste en identificar las fuentes traumáticas de las alteraciones emocionales, determinando la etapa del desarrollo donde se presentaron y como se incorporaron en la estructura biofísica del carácter. Solo de esta forma es posible entender “sanar las emociones”, pues sabemos que no se sana la ira, la tristeza, la ansiedad, sino la fuente de donde emana, esto es, el trauma o subtrauma incorporado a la memoria bioenergética que es actualizada y reexperimentada en el momento presente, aunque esto suponga desde el punto de vista psíquico, una regresión.

 

Sanación bioenergética de heridas

 

Ahora bien, la fuente de la cual abrevarán las emociones son los traumas y los subtraumas que se encuentran incrustados en la memoria traumática, ya sea a nivel de recuerdos conscientes, ya sea como parte de la memoria vegetativa neuromuscular. A estas les llamamos heridas. Las heridas son el remanente energético de aquellos excesos y carencias integrados a la memoria corporal, fundamento de la estructura del carácter, testimonio vital de sobrevivencia.

 

En el momento que se trabaja con una persona con alteración emocional es importante visualizar el residuo energético que quedo como testimonio de la sobreviviencia emocional ante un trauma o subtrauma. Esto permitirá identificar la herida de la cual emana la reacción emocional, lo cual nos permitirá conocer más acerca de esa historia inconsciente que habita en el cuerpo.

 

Identificando la fuente de la alteración bioenergética es posible iniciar un proceso de sanación de heridas. Esto supone realizar un trabajo de procesamiento bioenergético de esas heridas que habitan en el entramado bioenergético de la persona. Entenderemos por sanación de heridas a todo procedimiento que ayude a descargar los excesos o a compensar las carencias, haciendo conscientes los orígenes biográficos de esas heridas y articulándolas en palabras que ayuden a resignificar la propia historia de vulnerabilidad.

 

Trauma

Excedente energético no tramitable que amenaza repentinamente al organismo, el cual se ve imposibilitado.

Subtrauma

Exceso o carencia energética que se instala a lo largo del tiempo por exposición continua en los vínculos parentales.

Herida

Remanente energético de los traumas o subtraumas y que se incorporan como mecanismos de defensa y sobrevivencia.

 

 

En la psicoterapia bioenergética reichiana la sanación de heridas se lleva a cabo a través de los siguientes procedimientos:

 

 

  • Análisis de las respuestas emocionales desproporcionadas para ir deduciendo el tipo de herida que hay detrás de dicha respuesta.

  • Realizar la historia familiar y biográfica de las heridas.

  • Lectura de las heridas incrustadas en el cuerpo.

  • Iniciar un proceso de despertar sensorial con respecto al propio cuerpo.

  • Análisis y desbloqueo de la respiración, el movimiento y la sensopercepción.

  • Ejercicios básicos de arraigo y vibraciones corporales de carga y descarga.

  • Inducción del trance bioenergético.

  • Rastreo bioenergético de heridas y procesamiento bioenergético.

  • Análisis y desbloqueo segmentario de la coraza muscular.

 

Para utilizar una metáfora de cómo trabajamos bioenergéticamente en la sanación de heridas, imaginemos que una herida se parece a un tejido que se descose, ahí hablamos de una ruptura del hilo, del tejido de tela desgarrado. La labor propia de un analista bioenergético reichiano consisten en realizar el trabajo artesanal de coser a mano la delicada prenda desgarrada. Para eso, la bioenergética reichiana cuenta con tres elementos para zurcir: el pliegue de la energía, el pliegue de la consciencia y el hilo de la palabra. La palabra zurce esos pliegues separados y fracturados.

 

El pliegue de la energía corresponde al trabajo con el cuerpo, o como decimos, con el núcleo biológico del trauma; el biotrauma. El pliegue de la consciencia corresponde al trabajo con la memoria traumática, ya sea que se encuentre sepultada, ya sea que se rememore. Y el hilo de la palabra corresponde a significar y resignificar esa experiencia traumática. Esto supone un proceso continuo de descarga energética, liberación emocional y elaboración discursiva.

 

El primer paso del trabajo bioenergético cosiste en abrirse a la experiencia somática de la sensopercepción, dimensión bloqueada por las experiencias traumáticas o subtraumáticas, lo cual supone una cierta disociación entre el Yo y el cuerpo y sus sensaciones. El primer trabajo consiste en integrar en el Yo el conjunto de experiencias placenteras y displacenteras del cuerpo, aspecto que ayuda a fortalecer el Yo en cuanto a las defensas se refiere. Esto supone irse apropiando poco a poco de “ese cuerpo expropiado” por el trauma, como si de un arrebato o pérdida del cuerpo se hubiera llevado a cabo. En esto consiste la disociación, cuando la persona siente que en ese arrebato emocional perdiera completamente el control de ella, como si otra persona se posesionara de sus emociones, como si no fuera ella.

 

Este despertar somático va acompañado de una experiencia intensa de contacto con la energía vegetativa a través del flujo de expansión-contracción. Esta es una experiencia que denominamos vibración o temblores bioenergéticos, algo similar al reflejo del orgasmo que se da en una relación sexual. La vibraciones permiten descargar y desbloquear, se vuelve más sensible la percepción y supone un contacto existencial con la energía vital que habita en nuestro organismo. Es el contacto somático con la expresión energética de la vida.

 

A partir de aquí es posible entrar en un estado no ordinario de consciencia donde se realiza el mapeo emocional del cuerpo, rastrear las heridas, reexperimentarlas, descargarlas bioenergéticamente, liberarlas emocionalmente y elaborarlas verbalmente. El analista bioenergético reichiano va tejiendo un entramado bioenergético a partir de las heridas, de tal forma que estas puedan ir integrándose a la estructura de una forma equilibrada, ya sea fortaleciendo las defensas del Yo, o ayudando a flexibilizarlas en caso de rigidez. Esto es una especie de balanceo bioenergético.

 

 

 

Pliegue de la consciencia

 

 

 

 

 

 

Zurcir los pliegues a través del hilo de la palabra

 

Biotrauma del

cuerpo-mente

 

 

Pliegue de la energía

 

 

Pero antes de realizar este procesamiento bioenergético de las heridas, es necesario identificar cuales son esas heridas, como operan y como se manifiestan en la edad adulta.

 

 

Los cuatro vínculos bioenergéticos

 

Si nos preguntamos sobre que es lo que se quiebra en un trauma o subtrauma, podemos afirmar que es el vínculo. El vínculo es la relación o el lazo energético del bebe con la madre, y posteriormente con el padre y toda la ecología familiar y el sistema social. El vínculo energético es el objeto del trauma, por eso sirve comprender e identificar el tipo de vínculo que establecemos con los otros significativos, esto nos permitirá ir identificando el tipo de trauma, o mejor aún, el tipo de vínculo traumático que seguimos estableciendo. Sanar las heridas es sanar los vínculos energéticos que se establecieron con mamá y papá.

 

Aunque existen una gran variedad de estilos vinculares, podemos describir cuatro estilos vinculares básicos a partir de las relaciones amorosas:

 

 

  • El estilo vincular  evitativo-despreciativo.

  • El estilo vincular ansioso-ambivalente.

  • El estilo vincular temeroso-desorganizado.

  • El estilo vincular seguro.

 

  • En el estilo vincular evitativo-despreciativo la persona se siente digna de ser amada y admirada, pero no considera que quienes le aman son dignos de su amor, ya sea porque se sienta incapaz de amar, ya sea porque desprecie a los demás, no siendo merecedores de su atención, admiración, reconocimiento y amor. En este tipo de vínculo se suele utilizar y explotar a los demás, existiendo una especie de bloqueo en la sensibilidad empática con respecto a la experiencia emocional de los otros.

 

  • En el estilo vincular ansioso-ambivalente la persona reconoce la capacidad de amar de los demás, sin embargo no se siente merecedora de ser amada por los demás, sintiéndose menos que los demás, despreciándose, asumiendo roles sumisos y condescendientes, renunciando a sus propios derechos, sacrificándose y martirizándose para poder agradar a los demás y ser aceptada. En este tipo de vínculo se establecen relaciones de sometimiento y dependencia emocional.

 

  • En el estilo vincular temeroso-desorganizado la persona considera que los otros no aman, o duda de que realmente exista el amor, y también considera que no es capaz de amar a los demás. Las personas con este tipo de vínculo viven experiencias de temor pues percibe a los otros como amenazantes, en el fondo desconfía de los demás y de sí mismo. El vínculo temeroso conlleva una percepción catastrófica, desesperanzadora y depresiva de la realidad. El temor puede ser expresado como inhibición o como agresión.

 

  • En el estilo vincular seguro, la persona considera que tiene la capacidad de amar y se siente merecedora de ser amada, y también cree que las demás personas pueden responder a ese amor. La persona es segura de sí misma y tiene la capacidad de confiar en los demás. Puede entablar vínculos energéticos profundos y duraderos, normalmente estables y satisfactorios.

 

Estos estilos vinculares, como hemos dicho, se inauguran durante la infancia en el vínculo energético con la madre y el padre, y posteriormente con la familia y la sociedad. Será el vínculo maternos el que inaugure este espacio energético en el infante. El intercambio energético de estos dos cuerpos dejara una huella indeleble y constitutiva en el infante. Esta huella energética puede ser el testimonio de una satisfacción adecuada en cuanto a contacto, protección, calor, cercanía, movimiento, mirada, alimentación, atención y cuidados, o también puede ser, como ya hemos dicho, el testimonio de carencias y excesos energéticos que se alargan a lo largo de la biografía de la persona.

 

Los vínculos bioenergéticos dejan marcas, y estas marcas son únicas, configuran rutas bioenergéticas que van formando nuestra estructura de carácter, algo así como nuestro código de barras inconsciente. Estos vínculos dejan improntas energéticas: impresiones que organizan nuestra economía energética, o también conocida como nuestra economía libidinal. Las heridas no sólo tienen memoria, son en sí mismas memorias encapsuladas, memorias de los flujos energéticos, determinantes de la estructura bioenergética del organismo subjetivado.

 

La economía libidinal-bioenergética se refiere a la cantidad de energía que administramos e invertimos, en qué y cómo la empleamos. He aquí la impronta vincular que organiza nuestra propia economía sexual, la forma en que administramos inconsciente y vegetativamente nuestra energía. Esta impronta o impresión energética de nuestros primeros vínculos, será la forma como nos vinculemos inconscientemente a través de toda nuestra vida con los otros signficativos.

 

Normalmente las personas alteradas bioenergéticamente en sus emociones tendrán dificultades en sus vínculos bioenergéticos, precisamente porque esas alteraciones emocionales supondrá cierta inestabilidad, produciendo momentos de crisis que estarán iluminando el color con el cual tiñen su percepción de la realidad.

 

Cada uno de estos cuatro estilos vinculares se relaciona con algún tipo de trauma o subtraumas biográfico, y para eso hay que identificar que tipo de herida se trata, cuando se produjo, quién la produjo, que tipo de reacción hubo y como ha repercutido en nuestras relaciones amorosas en el presente inmediato.

 

I.

Evitativo-despreciativo

+ -

IV.

Seguro

+ +

III.

Temeroso-desorganizado

- -

II.

Ansioso-ambivalente

- +

 

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