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La colonización del cuerpo

February 11, 2015

 

Por Miguel Angel Pichardo Reyes

AlterSoma

 

El cuerpo, ese dato natural, supuesto, dado por la realidad. El cuerpo, ese espacio donde habita la subjetividad, la supuesta “alma”, lugar de dolor y enfermedad, pero también lugar de sensualidad y erotismo. El cuerpo, ese excedente que estorba, por mutilado, por viejo, por decrépito, por “negro”, “mestizo”, “indio” y “femenino”. El cuerpo, lugar de estigmas, mitos, abyecciones, transgresiones, represiones. El cuerpo esclavizado, el cuerpo sometido, el cuerpo del delito, el cuerpo descuartizado, el cuerpo objeto, el cuerpo erótico, el cuerpo sano, el cuerpo enfermo, el cuerpo abandonado, el cuerpo violado, el cuerpo lacerado. En fin, el cuerpo colonizado.

 

¿Cómo se coloniza el cuerpo? ¿Cuáles son los mecanismos de colonización? ¿Dónde, cuando, para qué y quiénes la realizan?

 

La experiencia tubi. No es un verbo, es preverbal, presimbólico, nos encontramos en los microfilamentos corpóreos del estar. Experiencia carnal, inhaudita, real que desborda, no por su carencia de palabra o significado, en todo caso por aquel sentir que se desborda por inaprensible, indecible, inabarcable. Estoy, se refiere a la existencia material y espacial localizada. Estoy-cuerpo, pues aunque obvio, es necesario poner esta remarca, el cuerpo. Una obviedad olvidada. Estoy-cuerpo en tanto que materialidad sentiente, inteligente, excesiva, y no carente, no mutilada, no faltante. Pues la falta viene del lenguaje, de lo simbólico, la falta corta al cuerpo, rebana la carne, la formatea, la trasgrede.

 

¿Contra lo simbólico? ¿lo simbólico contra la naturaleza? ¿la naturaleza, terror de lo simbólico? ¿lo real, fuera de lo simbólico?

 

Lo simbólico es una forma de domesticar el cuerpo, la naturaleza, la pulsión. En lo simbólico devenimos sujetos carentes, partidos, mochados, heridos. En lo simbólico el cuerpo es enviado al exilio, a la metafísica del ser, suplantado por el alma, el espíritu, el “ser”. Lo simbólico es puro idealismo, metafísica de la violencia contra la carne, el placer, la vida. ¿Las resistencias del cuerpo a esta invasión? La enfermedad, el síntoma, el eterno retorno de lo real, olvido que irrumpe a través del dolor.

 

El deseo, esa fricción que irrita la piel. El deseo que atraviesa el cuerpo, sus circuitos sinápticos, el sistema nervioso irrigado por ese flujo que se entrelaza en las palabras, que busca asir un objeto inexistente, colmando con fantasía aquello que le pertenece a lo real del cuerpo. Intento fallido de colmar el hambre con una idea filosófica. Errancia metafísica que no hace sino embelesar la falta, a condición de imponer su pulsión mortífera que debilita la fuerza del estar, del cuerpo, de aquello material corrompible.

 

Para la metafísica la carne es baja y el espíritu el alto. Abajo lo despreciable, lo podredumbre, lo abyecto, lo espurio, de aquí que la saliva (baba), el excremento (mierda), el sexo (genitales), así como todos lo orificios (boca, oído, ano, fosas nasales, etc), son sucios, bajos y asquerosos. Se trata del cuerpo hecho carne, empobrecida, flácida, inanimada. No estamos hablando más que de un montaje, una ficción moral que el discurso científico, desde la medicina hasta el psicoanálisis, pasando por la moral sexual cristiana, ha impuesto a fuerzas del pecado, la higiene mental, la patología, la pulsión de muerte.

 

¿Se puede hacer filosofía desde el cuerpo? No. Esto es un contrasentido. La propuesta carnal de la filosofía es aún más radical, se trata de un estar-corporal filosófico. De esta forma el cuerpo filosófico es un modo filosófico de vida. Por eso no es un desde, pues toda filosofía se hace desde el cuerpo, se acepte o se niegue. Pero no toda filosofía asume el cuerpo desde la radical experiencia filosófica.

 

El cuerpo-objeto: degradado, abyecto, bajo, inmoral, carnal, debilitado. El cuerpo-sujeto: espiritualizado, masculinizado, instituido, formateado, psiquismado. Transición del cuerpo: objeto-sujeto. La transición subvertida: el cuerpo sin más, asumido, vivido, habitado, vitalizado, erotizado, placerado. Ni objeto ni sujeto. El cuerpo esta en constante movimiento, remolinos de flujos energéticos recorren sin cesar una y otra ves afirmando la vida.

 

Mi cuerpo, nuestro cuerpo, objeto de deseo, aún para nuestro yo subjetivo e inmaterial. Ese yo que no esta, ese yo desencarnado que piensa kantianamente desde lo universal. Para ese yo el cuerpo es un objeto, un instrumento, un medio, sino es que una carne que limita la mente incorpórea.

 

Mi cuerpo, mi posesión, mercancía, marca, fetiche, producto. El cuerpo-mercancía, en venta, puesta en las transacciones económicas, transformado y adaptado al ideal de mercancía estético: belleza, blancura, voluptuosidad, anorexia, firmeza, bronceado, arropado, desnudo. Cuerpos en venta, cuerpos degradados. Cuerpos explotados, cuerpos excluidos. ¿Qué es el cuerpo en el capitalismo? Un objeto de uso, compra, venta, explotación y deshecho.

 

Emancipar el cuerpo, un cuerpo nómade, transitorio, sin lugar fijo, cambiante, transformateado, asumido desde un deseo otro, disidente, rebelde, pero también placentero, rico, balanceado, estable, relajado, inspirado, fortalecido. Un cuerpo mío, un cuerpo yo, un cuerpo-estando.

 

El cuerpo inmoral, ese cuerpo tachado, estigmatizado y señalado por la moral sexual judeocristiana. No es otra cosa que el cuerpo sin más. Simplemente el cuerpo, per se, es un signo, un símbolo de escarnio, de vergüenza e inmoralidad. Esta estigmatización permite tratar el cuerpo como un migrante, una mujer, un enfermo, un leproso, una lesbiana. El cuerpo es lo bajo para la moral sexual, pues es lugar de cogidas y fajes, de flujos y excrementos, de sudor y lágrimas, de placer y voluptuosidad. El ascetismo, esa disciplina moralizante lleva el cuerpo a su degradación más extrema: abstinencia, pecado, abnegación, sumisión, anorexia, vómito, privación, desalojo, abuso.

 

¿Y la carne se hizo cuerpo cuando entro al campo simbólico? No, no hay tal transmutación, ruptura o constitución. Esto sería ver a la carne como un ente pasivo y amorfo que es penetrado y conquistado, o por qué no, colonizado y violado, por el logos, dando origen y nacimiento al sujeto en tanto sujeto del lenguaje, sujeto faltante, sujeto atravesado. No, el cuerpo en tanto carne, sigue siendo carne, la entrada al campo simbólico no es el nacimiento del sujeto, tampoco la entrada al lenguaje, no es ningún acto inaugural ontológico, se trata sobre todo de una violación, de un modo pedagógico de dominación. Pues la carne seguirá siendo carne, solo que performateada, sujetada, lo cual no significa que si esto no hubiera sucedido no existiría el pretendido sujeto. El cuerpo deviene subjetividad con o sin entrada al campo simbólico. Antes bien, no hay “entrada” al campo simbólico, tampoco hay “constitución”, se trata de un continuum naturaleza-historia. Carne hablada y hablante.

 

El cuerpo expropiado. La carne, es blandura de la cría animal humana, vulnerabilidad y sobrevivencia, complejidad de un sistema nervioso que proviene de la amiba, de la materia con memoria, materia sentiente, materia inteligente. Carne que se ve sometida, desde los dispositivos profilácticos y gineco-obstétricos, a un discurso médico que debilita, desacredita, deshumaniza. La carne, siempre la carne, manipulada y abyecta, especialmente si es mujer, mestiza, negra, indígena. El cuerpo tiene que ser feminizado, mandato falogocéntrico del discurso médico para “manipular”, “intervenir”, “extraer”, “limpiar”. El cuerpo médico es un cuerpo feminizado, atravesado por la tecnología médica de la extirpación falogocéntrica.

 

El cuerpo expropiado por las pautas de crianza de una familiar autoritaria y patriarcal, proletarizada, sojuzgada. La familia, ese dispositivo ideológico que prepara para el sometimiento y la obediencia. De aquí que la mejor forma de someter sea la represión sexual, ya sea en su versión neurótica de frustración, ya sean en la perversa de la trasgresión. En todo caso, la carne sufre la violencia intempestiva de un sistema cultural que educa la pulsión; domesticación de la carne, la naturaleza, la energía.

 

El cuerpo mujer. ¿Qué es una mujer? Una carne atravesada por el deseo patriarcal. Una ficción social, un fetiche que permite construir la completud del Uno masculino, de la esfera perfecta de un capitalismo, un patriarcado, un monoteísmo y una teocracia. La “mujer”, esa ficción que permite la desigualdad, manteniendo la jerarquía de la opresión a partir de un “hombre” en tanto universal. La mujer, más allá de la mujer, es carne viva que puede devenir en su propio deseo, y esto supone una lucha constante, radical, permanente, cotidiana y extraordinaria contra los dispositivos que performatean el mandato categórico del “deber ser mujer”.

 

El cuerpo colonizado. La carne roja. La piel: negra, mestiza, amarilla, negra, café, colorada, morena. La piel como la tierra, de mil colores, tonos, matices, texturas. El cuerpo colonizado es un cuerpo que se descubre y clasifica por el color de la piel, signos y marcas de delimitan y configuran la esclavitud, lo menos, lo excluido, lo bajo, lo repugnante. La piel indígena es morena, es sucia, es no-blanca. El cuerpo colonizado es un cuerpo reducido a su mínima expresión, vetado para transitar en los lugares de poder. La mujer indígena es criada. El hombre indígena es albañil. La carne indígena es lugar de violación y explotación. Y la carne se hizo dignidad, y se rebelo, y se apodero de si misma, se reconoció indígena, y se siguió diciendo indígena en miles de idiomas y colores, y la resignificó, la hizo digna, carne viva, viviente, vibrante. En eso momento se hizo carne zapatista. El cuerpo indígena se convirtió en territorio rebelde: descolonizado.

 

El cuerpo, ¿un símbolo? No, un signo. El cuerpo es presimbólico, en tanto tal es lo puro real de la carne. Un signo que responde a una gramática particular, a un lenguaje que no proviene de la palabra, sino de la física y la bioquímica, esto es, de la fisiología. En el cuerpo real de la carne no hay significado. La carne es carente de significado. Cualquier tentativa de encontrar un significado en el cuerpo son meras proyecciones fantásticas, o simplemente meras metáforas. El lenguaje del cuerpo es una gramática fisiológica construida básicamente de dos signos: placer y displacer, expansión y contracción. Gramática binaria.

 

Ahora bien, esto no significa que sobre la gramática de la carne se produzca una simbolización en tanto proceso secundario, entonces hablamos del cuerpo simbolizado, producción simbólica de una cultura determinada. El lenguaje del cuerpo es pues gramática binaria, biogramática de signos bioquímicos, biofísicos y bioeléctricos

 

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