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La pobreza bioenergética y la dependencia por inmadurez

 

 

La Psicoterapia Corporal Crítica, tal como Wilhelm Reich la propuso desde la Psicología Política, la Política Sexual y posteriormente con la Orgonomía Funcional, plantea la existencia de dispositivos expropiadores y explotadores de la energía social de la población. Dicha explotación se realiza a través de las políticas laborales, y de forma menos obvia, a través de las políticas sexuales y de las políticas alimentarias. Sin darnos cuenta, la industria de los alimentos ha venido a reducir los nutrientes de los alimentos procesados, o pero aún, ha favorecido una cultura alimentaria que se fundamenta en la adicción al azúcar,  los carbohidratos, la lactosa y la fructuosa. De esta forma nos encontramos con el fenómeno de un empobrecimiento metabólico de las grandes poblaciones, lo cual se refleja en los altos índices de obesidad y diabetes.

 

Pero existe un disparador psíquico hormo-emocional que posibilita la eficacia de estos dispositivos de explotación social de la energía. A este disparador lo podemos denominar como la “dependencia por inmadurez”. La dependencia por inmadurez es un síndrome que se integra como un rasgo de carácter en la población. Este rasgo se integra a partir de lo que llamamos la experiencia de “expropiación del cuerpo”, la cual inicia desde la infancia y se vehiculiza a través de una serie de saberes especializados que controlan, dictaminan, legislan y fiscalizan la gestión de la vida. En este sentido, serán las educadoras, los médicos, las psicólogas, las nutriólogas, las trabajadoras sociales, los sacerdotes, los comunicadores, y en general, todo especialista sobre el funcionamiento del organismo.

 

Dichas especialidades no solo son consideradas como algo positivo, sino necesario, pero muchas veces llegan a ser “exclusivos”, en particular cuando se enfrentan con otros saberes no reglamentados, que se encuentran fuera del canon de la ciencia, la academia o del mercado. No abundaremos en estos saberes heréticos, solo apuntaremos que estos saberes pueden variar desde la charlatanería hasta los saberes ancestrales de las comunidades indígenas.

 

Los saberes especializados expropian la capacidad de gestión de la vida sobre el propio organismo, delegando a los especialistas y las instituciones la gestión de nuestra propia vida. A esta delegación de responsabilidades le llamamos “expropiación corporal”. Esta expropiación del cuerpo es realmente la “expropiación del poder sobre el cuerpo”. Los seres humanos nacemos, desarrollamos y maduramos el poder de gestión de nuestra propia vida, y así lo hemos hecho desde los orígenes de nuestra especie. En el mundo globalizado de la biopolítica ese poder ha sido extraído por las grandes corporaciones, las instituciones, el Estado y los especialistas, dejando al hombre y la mujer de la calle en una completa vulnerabilidad y desorientación.

 

La expropiación temprana de este poder ha sido fundamental para la formación del rasgo caracterial de dependencia por inmadurez, favoreciendo políticas subjetivas donde la toma de decisiones pasa necesariamente por la consulta con un especialista, el cual administrará el conocimiento a través de medios tecnológicos, generando una relación de dependencia hacia el experto, y con esto, facilitando la inmadurez cortical e hipotalámica para gestionar la propia vida.

 

La dependencia por inmadurez se expresa en grandes sectores de la población al verse en un conflicto biológico que se presenta en su organismo y al intentar solucionarlo apelando a los medios de comunicación, los líderes de opinión, los expertos, las instituciones, etc. De esta forma la dependencia llega a ser un gran negocio, pues la inmadurez de la población las hace sumamente sugestionables y regresivamente infantiles, adquiriendo un comportamiento dependiente de las opiniones de los especialistas.

 

La diabetes y la obesidad (diabesidad, le llegan a llamar) son una epidemia de alcance global, y las cifras en niños y niñas son alarmantes. La pobreza de nutrientes en los alimentos lleva a una pobreza metabólica de los organismos humanos, y esto a su vez conlleva una pobreza bioenergética, que vuelve a la población dependiente, inmadura y adictiva. La pobreza bioenergética es el caldo de cultivo para la adicción al azúcar, a los carbohidratos, la lactosa, la fructuosa y todo tipo de productos light que abundan en el mercado.

 

El empobrecimiento bioenergético por la adicción a los carbohidratos tiene un impacto en la salud que no se reduce únicamente a la obesidad y la diabetes, sino también a todo tipo de trastornos neurológicos, tales como demencia, déficit de atención, depresión, ansiedad, pero sobre todo, la gran amenaza a la humanidad: el cáncer.

 

Es probable (suponemos), que esta pobreza bioenergética debido al empobrecimiento de nutrientes y el incremento de la adicción a los carbohidratos, se encuentra relacionada con rasgos de la población que se caracterizan por una conducta compulsiva y consumista, una apatía social y política, una tendencia hacia la búsqueda de experiencias de placer inmediatas, así como un incremento en la sugestionabilidad social, bajando la capacidad de autogestión, crítica y organización.

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